Educadora Social. Especialista en Violencia de Género y en Orientación Sociolaboral. Mediadora Familiar, Civil y Mercantil.
Últimamente se ha retomado el debate sobre el concepto de ‘persona vitamina’ y todo lo que ello engloba. El concepto hace referencia a aquellas personas que nos apoyan y ayudan cuando lo necesitamos, quienes transmiten buena energía, inspiran, animan, transmiten confianza y sacan lo mejor de las demás personas.
En contraposición, oímos mucho hablar sobre las ‘personas tóxicas’, definiéndose como las personas que siempre se están quejando por todo, ven todo de forma negativa, quienes asumen el papel de víctima, solo hablan de sus problemas, no toman responsabilidades, mienten y ocultan, culpan a los demás de sus males, no hacen nada por avanzar, sienten envidia, celos y soberbia, se resisten a cambiar, son manipuladores, egoístas y consumen tu energía cuando los tienes al lado, sin tener en cuenta el daño que puedan crear a su alrededor.
En este mundo de tanta actividad en el que vivimos, nos encontramos con muchas personas de este tipo, e incluso puede que en algún momento cada uno de nosotros hayamos sido personas tóxicas en la vida de alguien. En un mundo que nos incita al crecimiento personal sobre el crecimiento grupal, hay quienes se han vuelto indiferentes frente a lo que les puede ocurrir a quienes les rodean, e incluso hay quienes son partícipes e instructores del daño hacia el otro.
También se habla de las ‘personas salvavidas’, que son aquellas con las que te sientes en paz y te auxilian para no ahogarte cuando más lo necesitas. Te ayudan a salir a flote para que no te hundas y te acompañan hasta llegar a la orilla.
Otro concepto representativo para hablar de este tipo de personas es el concepto de ‘personas faro’.
Podría definirse a las personas faro como ese soporte que todos necesitamos en algún momento, esos seres que irradian luz y te protegen. Siguiendo con las metáforas, los faros, al igual que algunas personas, brillan para iluminar tu camino, son la luz cuando parece que todo está oscuro, son hogar, a su lado todo parece menos complicado, saben guiar, crean seguridad y te ayudan a encontrar el camino.
Por tanto, podría decirse que las personas faro son pilares fundamentales en los momentos difíciles de nuestras vidas y aquellas que cuando te pierdes, alumbran tu camino con su luz para que vuelvas a encontrarte.
Aunque como personas somos seres unitarios, en conjunto somos seres sociales y, por tanto, necesitamos de los demás. A lo largo de nuestra vida nos encontramos con infinidad de personas y pasamos tiempo con muchas de ellas. Desde que nacemos tenemos contacto con nuestros progenitores, con el personal que atiende el parto y, en la mayoría de casos, con el resto de nuestros familiares.
Según crecemos, ese círculo se amplía a profesorado y compañeros de las diferentes etapas de nuestras vidas, para pasar más tarde, en la infancia y juventud, a compañías de otro tipo de actividades. Con el paso del tiempo vamos forjando relaciones con esas personas que nos han acompañado en alguna etapa y creamos lazos más cercanos y duraderos con parte de ellas.
En la etapa adulta, mantenemos relaciones con alguna de esas personas que se han ido sumando a nuestro camino, pero creamos relaciones, familias y nuestro día a día lo compartimos con compañeros de trabajo. Compañeros que, en algunos casos, se vuelven relaciones cercanas y no únicamente personas junto a las que pasamos horas. Y menos mal, porque son demasiadas las horas de nuestra vida que invertimos trabajando.
Si completamos el ciclo de la vida y llegamos a la vejez, momento en el que se suele echar la vista atrás, nos damos cuenta de que son muchas las personas que han pasado por nuestra vida y también de que nosotros mismos hemos pasado por la vida de muchas personas.
Tener al lado a personas faro nos aporta seguridad, confianza, protección, luz y calma, porque todos en algún momento de nuestra vida necesitamos ese soporte que nos dan este tipo de personas. Estas personas nos ayudan a crecer, a ver más claros caminos que a veces nos cuesta ver, nos ayudan a ser sinceros con nosotros mismos dejando lejos los autoengaños y nos acompañan a enfrentar retos y caídas como parte de la vida.
Como explica Javier Barez en su blog ‘El Faro’: “El faro y los/as fareros/as –quien cuida y maneja el foco del faro- representan a todas aquellas personas u organizaciones que ejercitando su inteligencia emocional, haciendo uso de sus competencias emocionales se esfuerzan en transmitir su experiencia y conocimiento, su mensaje emocional que pueda ayudarnos a abrir caminos en esta aventura de transformación social”.
Quizá el secreto de la tranquilidad esté en tener un núcleo fuerte y sólido de amistades y relaciones personales que nos llenen. Da igual el número, da igual la cantidad, sino lo importante es la calidad de todo ello. En un mundo cada vez más productivo, donde se da tanta importancia la dedicación profesional, quizá lo realmente importante está en la clase de personas que somos y el tipo de personas que tenemos al lado, quienes nos acompañan en la montaña rusa que es la vida.
En un mundo donde las conexiones pueden ser efímeras y superficiales, las personas faro nos recuerdan la importancia de los vínculos auténticos, de poner el corazón y el alma en las relaciones que mantenemos. Y cultivar estas relaciones nos permite fortalecer nuestro bienestar emocional y contribuir a la creación de entornos más empáticos y solidarios.
Al fin y al cabo las circunstancias personales son de cada uno y como tal nos toca transitarlas de manera individual, pero son mucho más llevaderas con personas al lado que acompañan, guían y son faro para que al menos la vida duela un poquito menos en esos momentos.
Porque el final del camino va a ser para todos el mismo. En esta aventura que es vivir lo único que tenemos seguro es que nacemos y morimos. Al fin y al cabo lo único que nos llevamos es lo que nos han hecho sentir y lo más importante que dejamos es lo que hemos hecho sentir a los demás. Así que por favor, si puedes se faro en la vida de alguien, incluso en la tuya propia. Y, si no puedes, al menos no se la pongas más difícil al resto, porque posiblemente no se lo merezcan.